miércoles, 16 de enero de 2013

DONOSTIA CONNECTION.

   El juez cruzó, a paso ligero, casi comenzando a correr, la puerta del edificio que había sido sede del Gobierno Civil guipuzcuano, allá por los años oscuros. Subió las escaleras de la ahora "rehabilitada" sede de Juzgados y Tribunales y, empezando a resbalar el sudor por su cuerpo, traspasó la puerta. Se disponía a descolgar el teléfono, cuando vio algo escrito en la pared que le hizo cambiar el color de su rostro, igualándolo con el blanco inmaculado del techo, con spray rojo y letras mayúsculas muy grandes se podía leer: ESTÁS MUERTO POR TRAIDOR HIJO DE PUTA.

Como cada mañana, salvo las que me permitía un homenaje a base de un croissant regado con chocolate a la taza, me disponía a dar cuenta de mi desayuno habitual: dos tostadas con aceite y sal y un zumo de naranja natural, con la mano derecha cogía las tostadas y con los dedos de la izquierda iba pasando las páginas del diario deportivo del día: el Barça había vuelto a convertir el fútbol en expresión del mejor arte.
Al terminar pagué la cuenta dejando la miserable propina que mi más miserable sueldo como funcionario de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado me permitía. Me despedí de Antonino, el menudo propietario gallego de la cafetería, no sin antes hacerle alguna broma sin gracia.

   Viviendo a diez minutos, caminando pausadamente, de la comisaría a la que estaba adscrito -situada en la calle Virgen del Carmen, a pocos metros del Parque María Cristina- debía salir con un margen de media hora para dar rodeos y más rodeos, y así, asegurarme que nadie me seguía, yo no era de antiterrorismo, era un humilde subinspector de la Brigada Judicial, pero aquello era el País Vasco y, a pesar de que los terribles años de plomo habían pasado, ETA aún tenía plena capacidad de asesinar a quien a sus lunáticos jefes se les cruzase por la cabeza, mientras bebían unos chatos en cualquier taberna de Biarritz o Bayona.
   
A la ocho y diez, ya en la comisaría, y antes de recoger las posibles novedades nocturnas-escasas en una ciudad como San Sebastían, donde la delincuencia común estaba en pañales si la comparamos con su vecina del oeste, Bilbao-me disponía, raudo, a pegar la segunda meada del día, cuando me crucé con mi jefa, la inspectora García, y su mal humor-en honor a la verdad, diré que la cosa iba por días, como decía Tordera, de Atracos, para regocijo de quien lo escuchara: -Es la auténtica doctora Jekill y Miss Hyde.

-Veses, eres como un niño meón, va, acaba rápido que tenemos trabajo joder.

No sé si me dolió más el tono frío y seco en el que me lo dijo, o la alusión a una supuesta inmadurez por mi parte, y es que, para mi desgracia, estaba, desde hacía tiempo, algo enamorado de la inspectora María García. Y no era, que también, por su escultural físico; incluso el uniforme dejaba intuir sus más que generosos pechos, los cuales, provocaban una tensión en la camisa, que parecía iba a hacer saltar por los aires los botones en cualquier momento, además de que, a pesar de que el pantalón de sport azul marino intentaba ofrecer comodidad y practicidad, no estoy seguro de si ella vestía tres tallas menos, o lo respingón de su trasero conseguía un ceñido perfecto. Tenía el pelo rubio y muy largo, recogido en una coleta que le recorría la espalda, era una lástima cuando tenía que ponerse el gorro protocolario. 
Como buena toledana su rostro era de castellana vieja: tez clara, pómulos marcados, labios carnosos y ojos grandes como la Beretta semi-automática que llevaba al cinto.
Como antes decía, la descripción que he dado podía haber conseguido que de cada cinco pajas que me hiciera, cuatro se las dedicara a ella, pero para que mi jefa hubiera llegado a gustarme de verdad, había que añadir a la mezcla explosiva-desafortunada expresión para el lugar de España donde nos encontrábamos-una fuerte y firme personalidad, una gran locuacidad y unos conocimientos culturales surrealistas para tratarse de un oficial del Cuerpo Nacional de Policía. 
Es mítica en el Cuerpo, la conversación que dos altos mandos tuvieron en los retretes de la Jefatura Superior de Valencia, en los años ochenta, cuando uno le dijo a otro: 
-Oye, ¿tú lees libros?
 A lo que el otro respondió:
 -Yo con los libros me limpio el culo. 
La réplica no se hizo esperar: -¿Ni siquiera la Constitución?
-Con la Constitución me limpio la polla.
A continuación se oyeron unas sonoras carcajadas.

   Tras aliviar mi vejiga, me dirigí al despacho de la inspectora. Al entrar, la ví sentada y mirando atentamente a un hombre que se encontraba sentado en la otra parte de su mesa, y que era el mismo que la acompañaba en nuestro encontronazo previo de pasillo. Era un hombre grueso, convertido en gordo posiblemente por el paso de los años y una vida sedentaria; pelo lacio, peinado hacia atrás, bigote corto pero poblado, y llevaba puestas unas gafas doradas de montura metálica. Al verme entrar en el despacho hizo ademán de levantarse, ademán que fue inmediatamente interrumpido por un gesto de García con su brazo derecho.

-Señoría, este es el subinspector Javier Veses, Veses, el juez Martín Ferrer, del Juzgado de Instrucción número uno de San Sebastián. El juez y yo estrechamos la mano, me sorprendió la fuerza con la que lo hizo a pesar de su rechoncho aspecto. -Y ahora, señoría, discúlpeme. García dijo estas palabras mientras me lanzaba una mirada de reprobación. -Y comience a relatar los hechos desde el principio.
Yo me dispuse a olvidar el enésimo despecho del día y poner toda mi concentración en las palabras del juez Ferrer.

-Bien, como le decía antes, todo empezó el día que se presentó en mi despacho el conocido periodista abertzale, y exdirector de la cabecera nacionalista "Aurrera", Txomin Zolo.
El periodista, muy nervioso y atolondrado, pasó a relatarme lo que fue un terrorífico episodio de torturas, que yo pensaba, pertenecía a otra época ya felizmente superada.
-Continúe, dijo la jefa.
-El señor Zolo narró como, detenido por orden de la Audiencia Nacional, acusado de colaboración con banda armada-detención de la que se encargó la Guardia Civil-fue trasladado al tristemente célebre cuartel de Intxaurrondo.
                 
                                            (continuará).

5 comentarios:

  1. Lester,tus relatos están resultando ser cada vez más interesantes. Espero que esta vez, sí que haya segunda entrega.

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  2. Bueno, parece que al intrigante detective privado al que da vida articulo tras articulo nuestro querido "Doctor, Doctor" le ha salido un contrincante con éste miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado.
    Yo también espero que ésta vez la historia no nos deje con los dientes largos de nuevo. Quiero saber más sobre ese cuartelillo infernal en el que se practicaban torturas. Y ni qué decir tiene que todo en el texto encaja a las mil maravillas: un tempo ideal, descripciones someras y eficaces (esa inspectora jefe!!!!) y los punch-lines humorísticos colados con astucia y precisión. En este blog más de uno debería estar trabajando en su propia novela en vez de perder el tiempo en Internet, motherfuckers!!!!
    Un placer leerte, Camarada.

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  3. Muchas gracias a los dos por vuestros comentarios. Sí, esta vez habrá continuación, si la inspiración y las ganas no me fallan es un proyecto de novela corta por entregas, ya veremos.

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  4. Ole!!! Sí señor!
    Gracias Lester, espero poder leer esa entrega pronto.

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